Sexualidades

26/Mayo/2020 Sexualidades

Cristina Marín

Como regla general, si oímos la palabra sexualidad, a la mayoría nos vendrán a la cabeza imágenes de sexo, quizás unos genitales o una pareja haciendo el amor. Sin embargo, la sexualidad no es solo eso.

 

A menudo tendemos a utilizar este término de una modo muy restrictivo, refiriéndonos exclusivamente a aquello que tiene ver con el sexo y la genitalidad, sin embargo, este término abarca algo mucho más extenso. Podemos por tanto incluir dentro del mismo una dimensión corporal y sensitiva que tendría que ver con el contacto, una dimensión emocional, una intelectual en la que vendrían incluidas todas aquellas ideas preconcebidas, opiniones, etc que tenemos al respecto de la sexualidad y por último, una dimensión espiritual. De hecho, creo que es más adecuado hablar no de sexualidad, sino de sexualidades, en plural, como una manera de tener en consideración todas las facetas del prisma. Podríamos representar la sexualidad como un embudo, con una parte superior ancha y una inferior estrecha, para simbolizar como la energía sexual va desde algo muy amplio y general a algo mucho más concreto, centrado en la zona genital y que acabaría con una relación coital.


En la sexualidad entra todo lo que tenga que ver con el placer/displacer. Por ende, entendemos también como sexualidad lo que experimentamos a través de nuestros sentidos, es decir, cuando tocamos, olemos, vemos y probamos algo que nos resulta placentero, y también cuando nos tocan, nos huelen, nos ven o no prueban a nosotros, sin tener porque tener una connotación erótica. El tacto de la seda, la melodía de una canción, el olor a primavera de un prado por el que pasamos, el sabor de una onza de chocolate, son algunos ejemplos. Todos ellos nos proporcionan una sensación placentera y agradable sin por ello tener una connotación puramente sexual, lo que no quiere decir que determinados estímulos placenteros puedan, depende del contexto, erotizarse y llevarnos hacia una situación sexual.

 

Ocurre, que en muchas ocasiones, la sexualidad se vive sin tener en cuenta esto último. Se mantienen relaciones sexuales de una manera mecánica sin detenernos a pensar y experimentar que necesitamos, que nos gusta, cuando queremos retirarnos porque estamos satisfechos, etc. Partimos de la base de que desde que somos pequeños recibimos una serie de mensaje implícitos o explícitos que hace que tengamos una visión parcial y a veces muy limitante de lo que es la sexualidad. Aprendemos de lo que vemos en casa (si se habla o incluso si el sexo es un tema tabú), en lo medios, en el grupo de iguales, etc. Pensamos que esto y aquello es normal, pero esto y aquello otro no, que esto se debe hacer pero eso otro no, y en todo este ejercicio intelectual mediado por la cultura, la familia, y el ambiente, no queda espacio para plantearnos nuestras verdaderas necesidades en este ámbito. Esto puede provocar que posteriormente tengamos problemas en un desarrollo libre y saludable de nuestra sexualidad. Es como si viviéramos una sexualidad no elegida, y por tanto a largo plazo, insatisfactoria.

 

 

Como he mencionado más arriba, la sexualidad también dispone de una dimensión íntima y emocional, en la que a través de la misma expresamos quienes somos de un modo más profundo. Esta dimensión quizás sea la más delicada y la más difícil. Más allá del desnudo físico, que para la gran mayoría ya es un acto que requiere cierto grado de confianza, desnudarse a uno mismo, desnudarse el alma, por decirlo de modo más poético, suele ir acompañado de sentimientos de miedos, inseguridad, vergüenza, etc. Estos últimos, por supuestos van a estar influidos por lo mencionado en el párrafo anterior, por toda esa dimensión intelectual en la que se exponen una serie de normas culturales a cerca de la sexualidad, de lo que es bonito y feo, de lo que se debe y no se debe hacer, de las exigencias en cuanto a lo que se espera de un hombre o una mujer, etc.

 

Cada uno debería poder encontrar lo que necesita y le satisfaga, pues nuestra sexualidad es solo nuestra y debería estar lo más exenta posible de influencias externas que nos limiten. Encontrar a una o varias personas con las que compartir esta parte de nosotros mismos de una manera emocionalmente saludable y encontrar un espacio seguro (y con seguro no me refiero al lugar sino a la atmosfera de intimidad) es fundamental para tener una sexualidad plena. Hay que tener en cuanta como el estrés, el día a día, la familia, el trabajo, etc pueden suscitarnos un estado emocional determinado e influir en que sin darnos cuenta descuidemos nuestra sexualidad, y esta es una parte más de nosotros a la que sería recomendable mimar y prestarle más atención.

 

Quien más y quien menos ha tenido además experiencias pasadas referente a este tema que han podido resultar insatisfactorias, humillantes, desagradables e incluso traumáticas, y es muy importante poder trabajar con ellas, puesto que pueden estar haciéndonos de barrera tanto en lo que tiene que ver con la sexualidad con uno mismo, como cuando la que compartimos con otras personas. A veces puede incluso influir en otros aspectos de nosotros mismo que a priori no tendrían porque tener ver con la sexualidad. La terapia es una herramienta muy útil que puede ayudarnos a explorar, entender y sanar estos aspectos, puesto que además constituirá un espacio seguro donde poder compartir estas experiencias in tener que sentir el juicio o avergonzarnos.