LA EVITACIÓN COMO MECANISMO DE DEFENSA. REFLEXIÓN EN TIEMPOS DE COVID-19

29/Julio/2020 LA EVITACIÓN COMO MECANISMO DE DEFENSA. REFLEXIÓN EN TIEMPOS DE COVID-19

Cristina Marín

Como sabemos, existen lo que llamamos unos mecanismos de defensa que se nos activan para poder sobrellevar ciertas situaciones que nos generan conflictos internos. Son como muros defensivos que se levantan, o a veces, artillería pesada que lanzamos hacia fuera, que nos garantizan un bienestar cuando las cosas se están tambaleando.

 

Uno de estos mecanismos de defensa es la evitación. Éste actúa evitando, valga la redundancia, que contactemos con sensaciones, emociones, impulsos, etc que nos desbordan, que no sabemos o podemos gestionar, que vivimos de manera dolorosa. Sintetizando, nos ayuda a no mirar aquello que se presenta como amenazante, o algo que no encaja en ese esquema mental que a veces tenemos estructurado tan rígidamente.

 

Estos mecanismos de defensa, y la evitación como parte de ellos, son necesarios y tremendamente útiles para nosotros pues tienen una función, como su propio nombre indica, defensiva y protectora. Pero su función es positiva solo si se da una condición: cuando lo utilicemos con conciencia. La evitación, se vuelve dañina cuando ésta se convierte en hábito y aparece de forma automático, sin que nosotros siquiera hayamos sido medio conscientes de que está actuando.

 

Hay que tener en cuenta además que la evitación hace que no nos enfrentemos a ciertas vivencias o situaciones que, como he mencionado antes, son potencialmente amenazantes para nosotros. Sin embargo, me parece de gran importancia señalar que al evitar dichas vivencias, también estamos evitando el enfrentarnos al cómo gestionar esa u otras situaciones similares que requieran de nosotros ciertos recursos. Si no aprendemos a transitar una situación, tampoco podremos además, ayudar o acompañar a nadie a transitarla, como terapeutas, pero tampoco como amigos o compañeros, cayendo a veces en consejos y recomendaciones que nos ayudan a aliviar nuestras propias angustias ante los conflictos ajenos, pero no la de la persona afectada.

 

En estos tiempo en que vivimos, observo y me doy cuenta de que este mecanismo está tremendamente presente. Este año hemos vivido un periodo de crisis, un confinamiento, una vuelta a la “normalidad”, y existe la posibilidad de que volvamos a reproducir este ciclo todavía una vez más.

 

Sobretodo en los primeros días en los que podíamos poner un pie en la calle, tras estar encerrados, si uno miraba a su alrededor, veía personas protegidas según marcaban los protocolos, y otras que actuaban con total normalidad, como si nada hubiera pasado. Se veía gente despreocupada y miradas crispadas cuando se cruzaban con personas sin las medidas necesarias de seguridad. Si uno afinaba el oído, volaban comentarios como “¡La gente es idiota!”. Y yo pensaba, “¿La gente es idiota?¿Tanta gente es idiota?”. A mi no me lo parece, y creo que lo que ocurre es que están evitando. Evitando asimilar que han pasado cosas, que la normalidad, al menos por ahora, va a ser parcialmente distinta y que de alguna manera somos vulnerables antes algo que además, no podemos evitar.

 

Todo esto implica mucho, implica plantearnos nuestra realidad, lo que aquí y ahora es normal y lo que no lo es, y compararlo con lo que hasta ahora había sido normal y ahora ya no. Implica modelos de relación diferentes, sin contacto, o por el contrario, con un contacto muy intenso. Implica el privarnos de cosas que nos suelen servir de distracción, para pasar a estar muchas horas al día con nosotros mismos. Implica el tomar conciencia de que ha habido muchas perdidas, y quizás las siga habiendo, y que otras personas sufren o a lo mejor, nos toca hacerlo también a nosotros mismos.

 

Todas estas implicaciones, de fáciles y accesibles no tienen nada, se nos hace bola. Y por ello evitamos, evitamos y evitamos. Evitamos tomar conciencia de lo que hemos vivido, y evitamos tomar conciencia de lo que está por venir.