IMAGEN, AUTOCONCEPTO Y AUTOESTIMA

24/Febrero/2021 IMAGEN, AUTOCONCEPTO Y AUTOESTIMA

Cristina Marín

Cuando hablamos de autoimagen nos referimos a la visión, creencia y opinión que tenemos de nosotros mismos, y mediante la cual nos calificamos, describimos y evaluando, a menudo erróneamente. Evidentemente esta imagen va a determinar la calidad de nuestra autoestima. 


Somos espejos los unos de los otros. Nos reflejamos en los demás y a su vez nosotros devolvemos un reflejo al otro, y esta imagen que vamos recibiendo de nosotros mismos constituye una de las fuentes en que vamos construyendo nuestro autoconcepto. Esto va ocurriendo desde la infancia, en la cuál las personas de nuestro alrededor, y especialmente nuestras figuras de apego principal, van transmitiéndonos con su lenguaje verbal o no verbal lo que somos, lo que no somos, lo que hacemos bien o mal y lo que les gusta o no de nosotros, etc. De aquí el niño/a va recibiendo mensajes explícitos y otros implícitos que infiere  o interpreta, de tal forma que, por ejemplo, si la figura de apego principal desatiende al bebé por que tiene un asunto muy importante que atender, y esto se repite a menudo, el niño/a podría interpretar “mis necesidades no son importante”, “no soy querible”, etc. Puesto que cuando somos pequeños tenemos poca, o no tenemos conciencia de nuestro mundo interno, estas referencias externas son incuestionables y por tanto, incorporamos la información externa como única y valida. 


Poco a poco, según vamos creciendo, vamos comparando la información que recibimos del exterior con la que recibimos del interior, es decir, él como nosotros nos vemos, nos sentimos, como reaccionamos antes determinados eventos, etc. Tanto lo que nos han dicho como lo que nosotros nos decimos a nosotros mismo conforman nuestra autoimagen, y como he mencionado al principio, esto va a determinar nuestra autoestima.


Llegados a este punto, cabría deducir que lo óptimo sería que hubiera un balance entre esta información externa e interna, y con esto me refiero a que pudiéramos hacer un buen análisis de como nos sentimos y de nuestras necesidades, nuestras cualidades y nuestros defectos, a la vez que las ponemos en relación con el exterior, como medio para conocernos, explorar nuestros límites y los de los demás, y construir desde ahí una imagen clara, estable y fidedigna de nosotros mismos. 


Ahora bien, ¿Qué ocurre cuando esa imagen de nosotros mismo, y por tanto, nuestra autoestima se basa únicamente en aquello que recibimos del exterior? En este caso, es como si confiáramos ciegamente en lo que el otro dice y opina de nosotros, lo cuál nos hace dependientes de ese otro, necesitándolo inexorablemente para saber quienes somos, y el riesgo es que, cuando el otro se va, no quedamos desvalidos y perdido, sin identidad y sin saber dónde reside nuestra valía. Además, si esa información externa no es del todo positiva, o incluso tiene que ver con experiencias de vida de negligencia o trauma, la visión que tendremos de nosotros mismos tendrá un sesgo claramente negativo, y por otro lado, erróneo. Cuando por el contrario, basamos la autoestima únicamente en nosotros mismo y descartamos el feedback externo, podemos errar y tener una visión de nosotros mismos magnificada y grandilocuente, pudiendo por tanto, entrar en conflicto con todas las personas que nos rodean, no aceptando críticas, no responsabilizándonos de como afectamos al medio, etc. 


Por tanto y para finalizar, la armonía entre la información que recibimos y una mirada no juiciosa a nuestros rasgos, nos otorgarán una imagen integrada de nosotros mismos, así como nuestra autoestima se verá fortalecida.