LA RESPONSABILIDA AFECTIVA

20/Julio/2021 LA RESPONSABILIDA AFECTIVA

Cristina Marín

Es evidente que la forma que tenemos de relacionarnos ha ido transformándose brutalmente en los últimos tiempos, y cada vez más se está instaurando el individualismo como la forma “aceptada” de estar en el mundo. La proliferación de las redes sociales y otras herramientas tecnológicas destinadas a entablar relaciones, un estilo de vida acelerado y muy enfocado en el hacer (por contraposición al “ser”), son algunos factores que han contribuido a este fenómeno. 


Ya en el 2003, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman en su obra “Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos”, hacía una fantástica reflexión acerca de la evolución de los vínculos afectivos (no solo románticos), y describía cómo éstos habían ido transformándose en más superficiales, etéreos y poco sólidos. Las relaciones por muchos son vistas como una amenaza para esa autonomía que es tan socialmente vanagloriada, en la que la importancia está puesta en establecer conexiones en lugar de relaciones profundas e íntimas. Todo esto deriva en una “mercantilización” de las personas, pues el otro es utilizado como un medio de satisfacción de las necesidades individuales.


Si bien es cierto que hemos evolucionado positivamente hacia la libertad en el más amplio sentido del término, me parece importante que esa libertad no se convierta en una irresponsabilidad afectiva generalizada en la cuál cada uno de nosotros mira única y exclusivamente por sus necesidades individuales. Quizás la madurez emocional tenga que ver con sentirnos libres, hacer lo que necesitemos pero teniendo conciencia de que existe un otro con el que nos relacionamos que siente y padece, y en el cual influimos positiva o negativamente. 


Es importante tener en cuanta que los vínculos que vamos construyendo con otras personas implican ciertos cuidados, y con esto me refiero a hacer el ejercicio de entender que el mundo emocional del otro puede ser muy diferente al propio. Lo deseable sería alcanzar un equilibrio entre él respetarnos a nosotros mismos y a la vez respetar al otro intentado no herirle, para lo cual la comunicación, los acuerdos y el establecimiento de límites sería fundamental. 


Es perfectamente lícito que en una relación los miembros no tengan las mismas necesidades afectivas, los mismo objetivos, los mismos deseos, etc, pero es importante que los “términos y condiciones” de la relación estén claros, para que el daño, que en ocasiones es inevitable, sea el mínimo e imprescindible. Para ello es importante ser conscientes de que las cosas que hacemos o decimos al otro tienen un impacto y unas consecuencias, y debemos asumir cual es nuestra parte de responsabilidad en todo esto. 


Esto que quizás parece tan obvio no lo es, pues tanto en consulta como en mi vida personal, no dejo de oír historias que reflejan esto de lo que estoy hablando. El “Ghosting”, relaciones en las que uno promete, genera unas ilusiones que luego no son satisfechas, el no ser claro con las intenciones que uno tiene en la relación, son algunos ejemplos de esto, y es por ello, que mi propósito con este artículo es el invitar a la reflexión de nuestra responsabilidad individual para con el otro, y desde ahí fomentar unas relaciones, sean del tipo que sean, pero saludables y satisfactorias.